"Anécdotas en San Miguel de Llimpe: memorias de Psicólogo. Hernando”
Me gustaría contarles sobre San Miguel de Llimpe, la tierra donde nacieron mis raíces y donde aprendí a valorar la vida. Todo empieza con mi tatara abuelo, Eusebio Ramírez Mendoza, quien llegó desde Ayacucho como carpintero. En aquellos tiempos, solo los hacendados y la Iglesia tenían tierras, y gracias a su amistad con el cura de Chincheros —donde servía como sacristán— le fue entregado un terreno en Llimpe. Hombre creyente y visionario, sabía leer y escribir, lo que era un privilegio en esos tiempos. Con gran devoción construyó la primera capilla en Llimpe, adornada con santos bañados en oro, y transmitía las enseñanzas católicas a la gente de la zona.
De él nació mi abuelo Luciano Ramírez Pozo, y mi abuela Petronila Palomino, hija a su vez de Félix Palomino Palma. Mi abuelo, aunque no siguió la tradición religiosa de su padre, heredó ese espíritu de esfuerzo y trabajo. Luego nació mi padre, Luciano Ramírez Palomino, y junto a mi madre, Felicitas Victoria Rojas Román, formaron nuestra familia. Mi hermana menor Mayumi y yo somos fruto de ese amor.
Yo nací en Chincheros el 2 de octubre de 1999, pero toda mi infancia y adolescencia la viví en San Miguel de Llimpe. Estudié en la escuela del pueblo, donde tuve como profesor al recordado Lázaro, un hombre alto y robusto, siempre amable y alentador. Recuerdo con claridad el día en que tomé un libro de la biblioteca por curiosidad; él me miró, sonrió y me dijo: “algún día serás alguien”. Ese gesto marcó mi infancia y me motivó a seguir adelante.
Mi niñez estuvo llena de anécdotas hermosas: mi abuelita Petronila me regaló un perrito al que llamé Vaquero, compañero inseparable de juegos y travesuras; con mis primos David, Yudy, Eusebio y Rai inventábamos aventuras, jugábamos a ser Power Rangers, corríamos entre las chacras de mis abuelos y tíos, comiendo las mejores manzanas, ciruelas y cañas. También conocí a un gran amigo, José, un joven mudo que, aunque no podía hablar ni escuchar, tenía una admirable habilidad para percibir todo a través de señas y gestos. Compartimos inolvidables momentos jugando básquet y siempre encontraba la forma de pedirme consejos.
Cuando tuve 17 años, conocí más de cerca a mi tío Eusebio Ramírez Villagray, hermanastro de mi papá. Lo visité en su oficina de la ANA en Chincheros, un lugar hermoso con piscina y una casa de dos pisos donde vivía y trabajaba. En una de esas charlas me habló sobre los héroes locales, regionales y nacionales, y me explicó las enseñanzas de una doctrina llamada Septrionismo Natural del Perú, de la cual había aprendido mucho. Con paciencia y cariño, intentó transmitirme todo lo que sabía, haciéndome comprender que no hay casualidades en la vida: si nacimos en un lugar, es por algo, y ese algo es nuestra misión. Aquellas palabras fortalecieron aún más mi amor por Llimpe y por toda mi provincia de Chincheros.
Tiempo después, cuando mi tío regresó a Llimpe por motivos de salud, compartimos aún más. En una tarde de bromas y creatividad, construimos juntos un pequeño espacio con ramas y hojas al que llamamos “Centro Filosófico La Cabaña”. Allí aprendí valiosas lecciones que aún conservo.
Mi amor por Llimpe siempre ha sido tan grande que, aunque tuve varias oportunidades de establecerme en otros lugares, jamás quise abandonar mi tierra. Siempre que pude, estuve dispuesto a ayudarla. Hoy, que se acerca su aniversario —cada 29 de setiembre—, recuerdo que antes se llamaba solo “Llimpe”. Mi tío Eusebio me contó que el nombre viene de la palabra “Yinqi”, que significa arcilla, porque antiguamente se fabricaban tejas de barro aquí. Más adelante, cuando se constituyó como centro poblado, decidieron llamarlo San Miguel de Llimpe, en honor al Arcángel San Miguel, protector espiritual y símbolo de fuerza y fe para los habitantes.
Hoy San Miguel de Llimpe sigue creciendo con la llegada de nuevas familias. A todos ellos quisiera decirles que vivan con valores, que cuiden este lugar tan especial y lo conviertan en una potencia cultural. Nuestras autoridades hacen lo que pueden, pero el verdadero cambio depende de nosotros, de cada poblador que ame su tierra.
Por eso digo con orgullo: Llimpe de mi corazón, tierra de mis recuerdos, raíces y esperanzas. Cada historia, cada anécdota y cada persona que forma parte de mi vida aquí me ha enseñado a valorar quién soy y de dónde vengo. Y mientras viva, nunca dejaré de amar y defender a mi querido San Miguel de Llimpe.
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